¿Señor, qué quieres que haga? (Hch 22,10).

La vocación no es algo que tú inventas, es un tesoro que encuentras. No es el plan que tú elaboras para tu vida, sino el proyecto que Dios-Trinidad te propone y te invita a realizar. No es principalmente una decisión que tú tomas, sino un regalo que recibes, una llamada a la que respondes.


Para descubrir lo que Dios quiere de ti, haz oración. Eso hicieron Samuel (1S 3,10), Ezequiel (Ez 2,1–3,11), Jesús de Nazaret (Lc 3,21), María Magdalena (Jn 20,17), Pablo de Tarso (Hch 9,11)…


En la oración podrás encontrar a Jesucristo y experimentar su amor; el Espíritu Santo afinará tu oído para que puedas escuchar, y te dará fortaleza y audacia para responder.

 

En el diálogo con Jesús podrás oír su voz que te llama: «ven y sígueme»

 

lo que Dios ha hecho por ti» (Lc 8,39). (Mc 10,21); o bien, escucharás que te dice: «vuelve a tu casa y cuenta todo


No basta con que ocasionalmente te acuerdes de Dios y le pidas que te ilumine, es necesario que dediques momentos formales a la oración. Puedes orar diariamente (al menos unos quince minutos), tomar un día de retiro o hacer unos ejercicios espirituales.


La oración, además de ser el primer paso del proceso de búsqueda, es un ejercicio que deberá estar presente a lo largo de todo tu discernimiento vocacional.


Al dar este paso podrás decir: «Me fascina Jesucristo». «Quiero encontrar la voluntad de Dios para mí». «Quiero realizar su proyecto».

 

Observen ustedes cómo es el país y sus habitantes, cómo son las ciudades
que habitan, cómo es la tierra (Nm 13,18-20).

Para descubrir lo que Dios quiere de ti, necesitas hacer silencio exterior e interior, pues el ruido te impide percibir.

 

Percibe tus sentimientos, pensamientos, preocupaciones, deseos. Escucha tanto a las personas que aprueban tu inquietud como a quienes la critican. Mira a los hombres y mujeres que te rodean: ¿qué te suscitan su tristeza, su dolor, su pobreza, su necesidad de Dios?

 

Ve tu historia: ¿Por cuál camino te ha llevado el Espíritu Santo? ¿Cuáles han sido los hechos más importantes de tu vida? ¿Qué personas han sido significativas para ti?, ¿por qué? Toma conciencia de tu presente: ¿Con quién te relacionas? ¿En qué inviertes tu tiempo? ¿Qué te hace feliz hoy? ¿Cómo es tu relación con Jesucristo? Contempla el futuro: ¿Cómo te


 

imaginas dentro de diez años? ¿Qué experimentas al pensar en la posibilidad de consagrar tu vida a Dios? Tienes sólo una vida, ¿dónde quieres jugártela?

 

Con la ayuda de tu director/a espiritual, discierne cuidadosamente si tu inquietud es signo de un auténtico llamado a la vida monástica, o más bien al sacerdocio,  a la vida consagrada, o es manifestación de que Dios quiere que intensifiques tu vida cristiana como laico.

 

Al dar este paso podrás decir: «Intuyo que el Espíritu Santo quiere algo especial de mí». «Siento la inquietud de consagrar mi vida a Dios y de colaborar con Jesucristo en la salvación del mundo».

 

Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos y aunque
yo hacía esfuerzos por ahogarlo, no podía (Jr 20,9).

Los caminos para realizar la vocación consagrada son múltiples. Querer entregar tu vida a Dios y desear dedicarte a la construcción del Reino es necesario, pero insuficiente; debes, además, saber dónde quiere Dios que tú lo sirvas.

 

Para descubrir tu lugar en la Iglesia es conveniente que conozcas las diversas vocaciones. Investiga cuál es la espiritualidad que viven las diferentes congregaciones religiosas o los institutos seculares. Visítalos y ve cómo viven: una orden monástica contemplativa es diferente de una sociedad de vida apostólica. Averigua cuál es su misión y por qué medios la realizan: enseñanza, hospitales, oración, dirección espiritual, misiones,


 

promoción vocacional, medios de comunicación, parroquias… Pregunta quiénes son los principales destinatarios de su apostolado: jóvenes, pobres, sacerdotes, enfermos, niños, seminarios, indígenas, ancianos…

 

Aunque ordinariamente cuando se experimenta la inquietud vocacional se siente también el atractivo por una vocación específica, es conveniente que dediques algunas horas a informarte más a fondo sobre esa vocación y sobre las otras.

Al dar este paso podrás decir: «Me atrae la espiritualidad, el estilo de vida y el apostolado de este instituto». «Posiblemente Dios me está llamando a consagrarle mi vida o a ingresar al seminario».

 

Si uno de ustedes quiere construir una torre ¿acaso no se sienta primero a calcular
los gastos, y ver si tiene para acabarla? (Lc 14,28).

La vocación es una empresa muy grande, y es para toda la vida. Por eso, para lanzarte, debes antes haber reflexionado seriamente sobre ti y sobre el estilo de vida que pretendes abrazar.

 

Analiza tus capacidades y limitaciones. Piensa si podrás vivir las exigencias que implica la vocación —contando, desde luego, con la gracia del Espíritu Santo—. ¿En qué te basas para pensar que Dios te llama? ¿Qué razones a favor y en contra tienes para emprender ese camino? ¿Qué circunstancias o personas pueden favorecer o dificultar tu respuesta? ¿Qué te atrae de ese estado de vida y qué te disgusta?

Dios te pide que te comprometas responsablemente en el discernimiento de tu vocación. Quiere que utilices tu sensibilidad espiritual y tu inteligencia


 

para buscar su voluntad. Con la luz del Espíritu Santo podrás encontrar lo que Dios Padre quiere de ti.

 

No creas que llegarás a tener certeza absoluta de lo que Dios quiere de ti, algo así como tener un contrato firmado por él. Lo que encontrarás serán signos, a través de los cuales Dios te revela el proyecto que tiene para ti. Al interpretar esos signos podrás tener seguridad de su llamado.

 

Al dar este paso podrás decir: «Jesucristo me llama a seguirlo. Con la fuerza del Espíritu Santo, podré responder».

 

Te seguiré vayas a donde vayas (Lc 9,57).

Habiendo descubierto lo que Dios quiere de ti, decídete a realizarlo.

Tomar tal decisión es difícil. Sentirás miedo. Tus limitaciones te parecerán montañas: El mismo profeta Jeremías, al conocer lo que Dios quería de él, dijo excusándose: « ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jr 1,6). Sin embargo, consciente de tus limitaciones y confiando en la gracia de Dios, responde como Isaías: «Aquí estoy, Señor, ¡envíame!» (Is 6,8), o como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

 

Decir el “sí” con el cual comprometes toda tu vida es una gracia. Pídele al Espíritu Santo que te dé esa capacidad de respuesta. Evadir la decisión equivale a desperdiciar tu vida.


 

Para comenzar el camino vocacional, no te esperes a tener la certeza absoluta del llamado de Dios (“el contrato firmado”). La decisión es un paso en la fe, un acto de confianza en tu amigo Jesús.

 

Al decidirte a seguir radicalmente a Jesucristo es normal que tengas dudas de si podrás con las exigencias o si llegarás al final; pero no puedes dudar que tú, libremente, tomaste la decisión de seguirlo.

 

Al dar este paso podrás decir: «Quiero responder a la llamada de Jesucristo». «Quiero consagrar mi vida a Dios en este monasterio».

 

Jesús los llamó. Y ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron (Mt 4,21-22).

Una vez tomada la decisión, ¡lánzate! No te dejes vencer por el miedo, lánzate con todo y con miedo. Pon los medios necesarios para realizar lo que has decidido. Resiste a la tentación de posponer tu ingreso al monasterio: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero…» (Lc 9,61).

 

Entrar al postulantado es el principio de un camino, pero aún no es el compromiso definitivo —la profesión perpetua—. Los años de formación son también tiempo de discernimiento. Si vives con generosidad todo lo que se te proponga, y eres transparente con los formadores, Dios te irá aclarando si, de veras, esa es tu vocación o no; y te dará su gracia para asumir el compromiso definitivo o para continuar tu vida cristiana como laico.

 

Jesús te dice: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que


 

cargue cada día con su cruz y me siga» (Lc 9,23). El camino vocacional es difícil, más de lo que crees: prepárate para la lucha. El sendero es espinoso y a veces oscuro. Sé valiente y confía; María te acompaña y el Espíritu Santo te fortalece para que puedas recorrerlo.

 

Por otro lado, consagrar totalmente tu vida a Dios y dedicarte por completo al servicio de los demás es muy bello, más de lo que te imaginas: prepárate para gozar y ser feliz.

 

Al dar este paso podrás decir, como Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28).

 

Levántate y vete a Damasco, allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas (Hch 22,10).

La dirección espiritual no es, en realidad, un paso más en el proceso de discernimiento vocacional; es un recurso que puedes aprovechar en cada uno de los pasos anteriores.

 

Tu director/a espiritual o encargado vocacional te motivará a orar y a percibir los signos de la voluntad del Padre; te indicará dónde obtener información y te ayudará a reflexionar. En el momento de la decisión te dejará solo, para que tú, frente a Jesús, libremente respondas a su llamado. Te ayudará a prepararte convenientemente para ingresar en el monasterio.

 

Si bien es cierto que la vocación es una llamada de Dios que nadie puede escuchar por ti ni responder a ella en tu lugar, también es verdad que necesitas de alguien que te acompañe en tu discernimiento vocacional.

 


 

Es fácil hacerse ilusiones; podrías creer que es un llamado de Dios lo que sólo es un deseo tuyo, o bien podrías pensar que no tienes vocación cuando en realidad Dios te está llamando. En consecuencia, para clarificar la autenticidad de tu vocación, dialoga con tu director espiritual. Exponle con claridad y confianza todo lo que te pasa.

 

Después de cada encuentro con tu director/a espiritual podrás decir: «Tengo más luz sobre mi persona y mi proceso vocacional». «Me siento confirmado en mi discernimiento». «La Iglesia me acompaña en la búsqueda de la voluntad de Dios».

* * * * *

Encontrar tu vocación es todo un reto; difícil, sí, pero de ninguna manera imposible.
Si con sinceridad te pones a buscar la voluntad de Dios y sigues estos siete pasos, podrás hallarla.

De muchos modos Dios Padre te está revelando el proyecto que tiene para ti y la manera
como quiere que colabores en la construcción de su Reino.
Él es quien está más interesado en que tú encuentres tu vocación y seas feliz.

Por eso, haz oración, dialoga con tu director/a espiritual, percibe, infórmate, reflexiona, decídete y actúa.

 

 

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