La Orden cisterciense es un Instituto monástico íntegramente ordenado a la contemplación.

Por eso los monjes se dedican al culto divino según la Regla de San Benito dentro del recinto del monasterio. En soledad y silencio, en oración constante y gozosa penitencia, ofrecen a la divina majestad un servicio humilde y digno.

 

 

La vida cisterciense es cenobítica.

 

Los monjes cistercienses buscan a Dios y siguen a Cristo bajo una Regla y un Abad en una comunidad estable, escuela de caridad fraterna.

 

Porque los hermanos tienen un solo corazón y un solo  espíritu, lo  poseen  todo  en  común.

 

Al llevar unos las cargas de los otros, cumplen la ley de Cristo y, al participar de su pasión, esperan entrar en el reino de los cielos.

 

El monasterio es escuela del servicio divino.

 

En ella Cristo se forma en los corazones de los hermanos mediante la liturgia, la enseñanza del Abad y la vida fraterna.

 

La Palabra de Dios instruye a los monjes en la disciplina del corazón y en la ascesis. De este modo, dóciles al Espíritu Santo, pueden

 

alcanzar la pureza de corazón y el recuerdo constante de la presencia de Dios.

 

Los monjes siguen las huellas de quienes, en tiempos pasados, fueron llamados por Dios al combate espiritual en el desierto.

 

Como ciudadanos del cielo se hacen extraños a la conducta del mundo.

 

Ejercitados en la soledad y silencio anhelan la paz interior en la que se engendra la sabiduría y se niegan a sí mismos para seguir a Cristo.

 

Combaten la soberbia y la rebelión del pecado con la humildad y la obediencia.

 

Buscan la bienaventuranza prometida a los pobres en la sencillez y el trabajo.

 

Gracias a una gozosa hospitalidad, comparten con los que también son peregrinos como ellos,

 

la paz y la esperanza que Cristo brinda generosamente.

 

El monasterio es figura del misterio de la Iglesia.

 

En la Casa de Dios  nada se anteponga a la alabanza de la gloria del Padre.

No se ahorre esfuerzo  alguno  para  que  toda  la  vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio, y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual.

 

Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios y participan  en el vivo deseo de la unidad  de todos los cristianos.

 

Con su vida monástica llevada con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano.

 

Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.

 

Toda la organización del monasterio       tiene como fin que los monjes se unan   íntimamente a   Cristo,

 

porque  sólo en el amor entrañable de cada uno por el Señor Jesús pueden florecer los dones peculiares de la vocación cisterciense.

 

Los hermanos solamente serán dichosos en la vida sencilla, escondida y laboriosa, si no anteponen absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.

 

 

 


 

 

 

 

Vida litúrgica

 

El fin espiritual de la comunidad se manifiesta especialmente en la celebración litúrgica; en ella se robustece y aumenta el sentido íntimo de la vocación monástica y la comunión entre los hermanos. Se escucha diariamente la Palabra de Dios, se ofrece a Dios Padre el sacrificio de alabanza, se participa en el misterio de Cristo y se realiza la obra de santificación por el Espíritu Santo.

 

La Eucaristía es fuente y cumbre de toda vida cristiana y de la comunión de los hermanos en Cristo; por eso es celebrada  diariamente por toda la comunidad.

De hecho, los hermanos se unen mas íntimamente entre sí  y con toda la Iglesia por la participación en el misterio pascual del Señor.

 

La Liturgia de las Horas es escuela de oración continua y tarea privilegiada de la vida monástica. Por ello la comunidad la celebra y cumple, en unión con la Iglesia, la función sacerdotal de Cristo, ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza e intercediendo por la salvación de todo el mundo.

 

Vida de oración

 

Los hermanos, fomentando constantemente el recuerdo de Dios, prolongan la Liturgia de las Horas  a lo largo del día, en un ambiente orante  de gozoso silencio y quietud.

 

La lectura orante de la Escritura (“Lectio divina”) asidua fomenta sobremanera la fe de los hermanos en Dios. Esta excelente práctica de la vida  monástica,  en la que se escucha y rumia la Palabra de Dios, es fuente de oración y escuela de contemplación, en la que el monje dialoga diariamente con Dios de corazón a corazón.

 

Los monjes se aplican frecuentemente a la oración con ardiente deseo y espíritu de compunción. Estando en la tierra, viven con su espíritu en el cielo y desean la vida eterna con todo afán espiritual. Siempre deben tener presente en sus corazones a la Virgen María, Asunta al cielo, vida, dulzura y esperanza del que peregrina en la tierra.

 

Vida ascética

 

La quietud del alma, que se cultiva en el silencio, es fruto, sobre todo, de la pureza y sencillez de corazón. Por eso el monje debe acogerse

 

 

 


 

 

 

gustosamente y con espíritu de gozosa penitencia a los medios que para este fin emplea la Orden: el trabajo, la vida escondida, la pobreza voluntaria, las vigilias y los ayunos.

 

Conforme a la tradición de la Orden, las horas que preceden a la salida del sol son las más apropiadas para consagrarlas a Dios mediante la celebración de las Vigilias, la oración y la meditación, en atenta espera de la venida del Señor.

 

El silencio se considera uno de los valores más peculiares de la Orden; asegura al monje la soledad en la comunidad; favorece el recuerdo de Dios y la comunión fraterna; abre la mente a las inspiraciones del Espíritu Santo; estimula la atención del corazón y la oración solitaria con Dios. Es custodio de las palabras y de los pensamientos.

 

El trabajo, sobre todo el manual, que goza siempre de alta estima en la tradición cisterciense, ofrece al monje la ocasión de participar en la obra divina de la creación y redención, y lo compromete en el seguimiento de Cristo. Este trabajo, arduo y redentor, procura la subsistencia a los monjes y a otras personas, especialmente a los pobres, y es signo de solidaridad con el mundo obrero. Es además ocasión de una ascesis fecunda que ayuda al desarrollo y madurez de la persona, favorece su salud física y psíquica y contribuye sobremanera a la cohesión de la comunidad.

 

El ayuno monástico expresa la humilde condición de la criatura ante Dios, despierta en el monje el deseo espiritual y le permite participar de la compasión de Cristo para con los hambrientos.

 

A ejemplo de los Padres Cistercienses, que cultivaban unas relaciones sencillas con el Dios simplicísimo, el estilo de vida de los hermanos es sencillo y frugal. En la casa de Dios todo esté‚ dispuesto de acuerdo con la vida monástica, evitándose en todo la superfluidad, a fin de que la sencillez sea enseñanza para todos y aparezca claramente en los edificios y en el mobiliario, en la comida y en el vestir, e incluso en las celebraciones litúrgicas.

 

 

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