El monacato tradicional de la Alta Edad Media europea produjo admirables realizaciones y estuvo animado por una corriente de gran fervor espiritual. Sin embargo, la prosperidad material de los monasterios, su influencia y poder en la sociedad medieval hicieron que ciertos valores de los orígenes como la soledad, la sencillez, la pobreza, el trabajo manual… se atemperaran. Por otra parte,  los cambios que se gestaban tanto en la Iglesia con la reforma gregoriana como en la sociedad civil, hicieron de los siglos XI y XII un período de profundo cambio espiritual e institucional. Surgieron así distintos movimientos religiosos que procuraron nuevas formas de búsqueda de Dios en fidelidad al Evangelio. La abadía de Císter, y posteriormente la Orden Cisterciense, nacen y se consolidan  como una de las iniciativas  más exitosas de la renovación monástica de este período.

La abadía de Císter (Citeaux) fue fundada el 21 de marzo de 1098, Fiesta del Tránsito de san Benito, por san Roberto, abad de la abadía benedictina de Molesmes, y un grupo de veintiún monjes de ese monasterio, a unos 20 Kms. al sur de la ciudad francesa de Dijon, en tierras donadas por el duque de Borgoña. En un principio se la llamó simplemente “Nuevo Monasterio”, pero luego tomó el nombre del lugar, “Císter”, el cual a su vez, posteriormente con sus filiaciones, dará el nombre a la nueva orden:   “Orden Cisterciense”.

Los comienzos fueron muy duros: tierras pantanosas en medio de un bosque, extrema pobreza, incomprensión y crítica por la

 

 

 

“novedad”, falta de vocaciones…., junto con el apoyo del arzobispo Hugo de Lyon, para entonces legado papal en Francia, y del obispo local de Châlons-sur-Saône.

El grupo fundador no tuvo intenciones de crear una nueva orden, sino tan solo recuperar para los nuevos tiempos valores fundamentales de los orígenes del monacato benedictino. Así, con un fuerte deseo de autenticidad y fidelidad a la Regla de san Benito, volvieron a la soledad del “desierto”, ahora en los bosques; a la sencillez y pobreza en el modo de vivir; a la independencia económica de ganarse el pan por sí mismos y no depender de rentas y limosnas; a una clara orientación contemplativa, con el empeño de una “vuelta al corazón”, como lugar de búsqueda y experiencia amorosa de Dios y su misterio. Todo lo cual posteriormente dio origen

 

 

a la así llamada “espiritualidad cisterciense”.

Pronto el abad Roberto hubo de regresar a Molesmes y fue sucedido por dos grandes hombres con quienes compartía su ideal:   san  Alberico, quién hubo de llevar adelante las pruebas iniciales más  duras, y san Esteban Harding, el sabio organizador de las distintas comunidades hijas de Císter,  mediante la reunión anual de los abades de sus casas hijas con la comunidad de Císter y el establecimiento de la Carta de Caridad  como ley fundamental de la naciente  Orden.

En 1113 san Bernardo de Claraval ingresó con un numeroso grupo de jóvenes  compañeros en el noviciado de Císter. En 1115 se le encomienda fundar la abadía de Claraval, convirtiéndose en la figura señera y mentor espiritual de mayor influencia en la época, a la vez que junto a otros,  promotor de la rápida expansión de la orden. En 1153 ya existían  más de 300 monasterios cistercienses, y a finales de la Edad Media la orden contaba con más de 700 abadías poblando casi toda Europa.  A partir del siglo XIII la orden experimentó períodos de decadencia y  resurgimiento  con la aparición de sucesivos movimientos de reforma debido a distintos grupos de abadías. Dentro de éstos, el más notable fue el de la abadía de La Trapa, en Francia, por lo cual este grupo fue popularmente llamado “trapenses”. Cuando en 1892  el Papa León XIII dispuso la constitución de dos ordenes  cistercienses, la original, llamada “Orden Cisterciense”,  y la nueva, denominada “Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia”; las abadías“trapenses” fueron el núcleo de esta última.

 

 

 


 

 

 


El monasterio de “La Trapa”, en Orne, Francia, fue establecido hacia el 1140, conociendo también períodos de gran prosperidad y  decadencia. En su larga y rica historia dos hombres jugaron un papel decisivo porque permitieron que el carisma cisterciense se restaurara en Francia y llegara después hasta nosotros.

En el siglo XVII, el abad de Rancé (1626-1700), para hacer frente a cierta decadencia,  emprendió una profunda reforma enfatizando la separación de mundo, la búsqueda exclusiva de Dios y la vida ascética y penitencial. Motivado por un fuerte amor a Dios y al prójimo en medio de una estricta disciplina y un silencio riguroso, su “observancia” alcanzó notable éxito, lo  que hizo de La Trapa uno de los centros de mayor irradiación espiritual de

la época, y a la cual varios otros monasterios adhirieron siguiedo  su modo


 

de vivir. La Revolución Francesa (1789) suprimió todas las ordenes religiosas en Francia y confiscó sus bienes. La Trapa no fue excepción. Dom Agustín de Lestrange (1754-1827) pudo congregar los restos  de esta devastación y exiliarse en Suiza con veinte monjes en la antigua cartuja de La Valsainte. Las vocaciones y los desterrados no tardaron en llegar y así Dom Agustin intentó abrir nuevos horizontes en España, Italia, Inglaterra, Bélgica, Alemania y Canadá.
La expansión napoleónica le hizo comprender el peligro que ésta representaba para la vida monástica y así, conformando un grupo de aproximadamente 254 personas compuesto por sus monjes, monjas y niños comenzó una larga y penosa travesía hasta Rusia buscando dónde asentar la vida monástica. En 1800 el zar de Rusia expulsó a los emigrados franceses por lo que todo el grupo debió partir hacia Alemania para retornar luego a Francia con la abdicación de Napoleón.

 

 


 

 


Entre los enviados por Dom Agustín de Lestrange a Canadá se encontraba el P. Vicente de Paul Merlé (1768-1853), quién no pudiendo regresar con sus hermanos a Europa (perdió el barco), se estableció en Hálifax, Nueva Escocia, sirviendo en la diócesis de Quebec, hasta que en 1819 encontró en Tracadie, Nueva Escocia, un terreno adecuado para establecer un monasterio, al que llamó “Pequeño Claraval” (1825). Luego de muchos sacrificios y la ayuda de monjes provenientes de las abadías de “Bellefontaine “(Francia) y “Saint-Sixtus” (Bélgica), en 1876 “Pequeño


 

Claraval” es erigido  en abadía autónoma.
El fuego puso varias veces a prueba a la nueva comunidad. Dos grandes incendios en 1892 y 1896 destruyeron primero la iglesia y el claustro y luego las celdas de los monjes, lo que influyó para que la comunidad se trasladara  a Rhode Island, en los  Estados Unidos, con el nombre de “Nuestra Señora del Valle” (1900). Allí nuevamente el fuego hizo trasladar a los monjes:   el 21 de marzo de 1950 un incendio dejó sin hogar a la comunidad de 140 hermanos. Para entonces, la comunidad estaba preparando su segunda fundación en Spencer, Massachusetts, lo que obligó a acelerar los trabajos y albergar ahora a la comunidad madre  bajo el nombre de San José de Spencer, casa fundadorade Azul, Argentina.

 

 


 

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