Desde muy antiguo todas las grandes religiones han contado con hombres y mujeres que de diversas maneras han dedicado su vida a su divinidad. El Hinduismo ha tenido eremitas en los bosques, ascetas mendicantes, buscadores de la interioridad… El Budismo concibió la salvación como liberación del sufrimiento y las pasiones mediante la meditación… En la antigua Grecia no faltaron grupos filosóficos que por la práctica de la vida virtuosa combatieron los vicios; y hasta el Judaísmo contó con los levitas, los nazires, grupos ascéticos en torno a los grandes profetas y, ya más cerca de la época de Jesús, los movimientos de Qumran y los Terapeutas en Egipto. Salvando las grandes diferencias, se puede constatar como raíz del monacato a dos tendencias profundamente humanas: la “ascética” de purificación personal y la “mística” de unión con la divinidad; todo esto vivido por lo general en un ambiente de soledad, vida ascética y ciertas expresiones cultuales.




A pesar de algunas similitudes, el monacato cristiano es radicalmente diferente. Su origen, su inspiración y su desarrollo en los siglos, tienen a la persona de Cristo como su fundamento y fuente de vida, y a la vida cristiana como su referencia. En otras palabras, el monacato cristiano es una forma

 

 

de ser cristiano, de seguir a Cristo, de ser Iglesia.


El monje cristiano es alguien que quién busca a Dios en Cristo. Cristo es su modelo y su maestro. Jesús fue pobre, virgen, oró en la soledad, ayunó, trabajó con sus manos, practicó el bien, luchó contra el Mal, cumplió sin cesar la voluntad del Padre y practicó el desprendimiento más absoluto…; todo esto por amor a su Padre y al género humano.

 

Desde un principio su ejemplo llevó a los primeros cristianos a imitarle. Así nacieron en la Iglesia diferentes grupos de ascetas comprometidos con la práctica radical del evangelio y distintas formas de consagración personal a Dios. Las persecuciones romanas

 

posibilitaron visualizar el martirio como la suprema y más perfecta imitación de Cristo al correr por él su misma suerte. Pasadas las persecuciones y la posibilidad del martirio, para muchos cristianos fervorosos la práctica de la vida ascética según el Evangelio fue vista como sucedáneo en el camino a la perfección. Practicada en medio de la sociedad, pasa luego al “desierto” dónde encontrará su ambiente más propicio.

 

Lo cierto es que hacia mediados del siglo III, un poco en todas partes donde hubieron comunidades cristianas maduras y fervorosas, el monacato cristiano irrumpió con fuerza por ejemplo en: Egipto, Siria, Palestina, Judea, Asia Menor y Europa Oriental y Occidental. Las modalidades más comunes fueron la “anacorética” (monje que vive solo) y la “cenobítica” (monje que vive en comunidad).


El primer documento escrito que conocemos es la “Vida de san Antonio”, escrita por san Atanasio, en la que presenta el ideal eremítico en la biografía de san Antonio de Egipto (251-356), conocido como el padre del monacato egipcio. A otro egipcio contemporáneo suyo, san Pacomio (292-346), debemos la primer gran organización cenobítica y la primera regla monástica que conocemos, con la que gobernó sus florecientes comunidades de monjes y monjas en la Tebaida egipcia. Su concepción de la vida monástica fue muy distinta: ahora en el desierto, pero juntos y bajo una regla y un superior (abad).
 

 

 


 

 

 

 



En Europa occidental, el monacato latino alcanza su punto culminante con san Benito de Nursia (480-547). Hijo de la Umbría italiana, nace en el 480 en una familia noble de Nursia, cerca de Espoleto. Hacia los 20 años se retira como ermitaño a una gruta en la soledad de Subiaco, donde permanece algunos años. Padre de monjes, hacia el 520 llega a fundar hasta doce monasterios, entre ellos el célebre de Montecasino, en el cual vivió y murió. A san Gregorio Magno debemos su biografía, escrita

en el Libro II de sus Diálogos (593-594), en la que nos presenta la santidad de Benito y su ideal de vida monástica. Pero es principalmente en su Regla donde encontramos el genio de su figura y la trascendencia de su obra. Con el paso de los siglos, la Santa Regla fue gradualmente imponiéndose por toda la “Cristiandad” primero, y en el mundo entero después y hasta nuestros días, conformando hoy la Confederación Benedictina y la extensa familia benedictina que tiene por regla la del Patriarca de Europa.

 

 

 

 

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