Para los jóvenes que desean algo más:
encontrar el sentido de la vida,
dejarlo todo para seguir a Jesucristo,
liberarse de los miedos e impedimentos que les atan

los pies y obstaculizan vivir plenamente.

La vocación es Jesucristo invitando a caminar juntos y a querer lo que Dios quiere. La insistencia del Señor en llamarnos es signo de su amor paciente. Nuestra inquietud en la vida suele ser un pre-anuncio de Dios que nos busca. Si le damos espacio, Él lo ocupará, para holgura nuestra. Si le dejamos la iniciativa, Él nos liberará y entablará con nosotros una relación de amistad.

 

La vida consagrada es un intento eficaz de asumir el tipo de vida que llevó Jesús: siempre de cara al Padre y de la mano con nosotros. Esta forma de vida se expresa en los votos religiosos de virginidad, pobreza y obediencia.

 

Los religiosos y religiosas consagran su amor a Jesucristo en forma exclusiva
aunque no excluyente, integrando todo otro amor en su Amor (virginidad). Quien así se entrega se desprende de bienes materiales privados a fin de convertirlos en bienes comunes, sin olvidar que siempre hay otros más pobres que necesitan de su solidaridad (pobreza). Quien así trata de vivir, sólo le interesa conocer y abrazar la voluntad de Dios (obediencia).

 

Los monjes, que seguimos la Regla de San Benito en el claustro cisterciense,
agregamos algo más: vivir establemente los valores monásticos, en una comunidad fraterna, estableciendo una “escuela de caridad”, para unirnos a Dios en su misterio íntimo y salvador.

 

Nuestra vida cisterciense es cenobítica (comunión de vida) y buscamos a Dios
bajo una Regla y un Abad. Los bienes atrayentes (valores) que abrazamos y encarnamos son: conversión, humildad, obediencia, trabajo manual, soledad y silencio, lectura orante de la Palabra de Dios y alabanza divina.

 

El monasterio es una “escuela del servicio divino”.
En esta escuela aprendemos el difícil arte de amar a Dios y al prójimo. El camino inicial es arduo y estrecho: el egoísmo, el orgullo y las conductas mundanas están fuertemente arraigados en nuestros corazones. Lo que no podemos hacer por nosotros mismos ni en poco tiempo, lo hace la gracia de Dios y la paciente perseverancia a lo largo de los años. De este modo, seguimos las huellas de tantos monjes y monjas que, en tiempos pasados, acogieron el llamado divino, combatieron contra los vicios, se revistieron del “hombre nuevo” y se unieron con el Señor hasta ser un solo espíritu con Él. En esto consiste nuestra fecundidad apostólica y misión en la Iglesia para salvación del mundo.

 

Querido joven, si te sientes interpelado por lo que acabamos de decirte acerca de este tipo de vida cristiana y monástica, te sugerimos abrir un diálogo con nuestro Director de vocaciones, el P.Bernardo (bernardo@trapenses.com.ar) Ten presente desde ya estos requerimientos básicos: entre 20 y 35 años de edad, buena salud física y psíquica, libertad de obligaciones familiares y económicas, deseo sincero de buscar y encontrar a Dios en esta comunidad.

 

Tus hermanos de éste monasterio cisterciense de
Nuestra Señora de los Ángeles.

 

 

Podés dejarnos tus intenciones para ser rezadas en el monasterio. Hacé click aquí.