La vida del monje trapense consiste en consagrarse íntegramente a Dios por medio de una búsqueda constante de su voluntad y de su rostro, reflejado en el de Cristo. Es el amor de Jesús que empuja y guía al monje en dicha búsqueda. La consagración de la voluntad, de la inteligencia y del corazón se concreta en cada momento, pero de manera especial en un solemne compromiso público: la profesión monástica hecha seis o siete años después de entrar como postulante.
La voluntad de Dios se expresa a los hermanos a través del Evangelio, de la Regla de San Benito, de la vida cotidiana de la comunidad y de un abad elegido según las normas de la Orden trapense para representar especialmente a Cristo. Además de la obediencia, prometen permanecer estables en su propia comunidad en el servicio fraterno y en la oración.

Como los primeros cristianos, los hermanos buscan tener entre todos un solo corazón y un solo espíritu: el de Jesús. De allí que ponen todo en común, para depender totalmente de Dios. Dedican varias horas al día, a partir de las 3.30 de la madrugada, a la alabanza unánime del Señor muerto y resucitado. La

 

vida fraterna es una verdadera escuela de caridad y de comunión. El Espíritu Santo la utiliza a fin de purificar el corazón del monje para una experiencia cada vez mas profunda de Dios. Con esta finalidad, la jornada monástica se desarrolla en un equilibrio entre la ORACIÓN litúrgica en común, el TRABAJO productivo o de mantenimiento y la LECTIO DIVINA, o sea la lectura orante, principalmente de la Biblia.

 

La separación física del mundo y el clima del silencio y recogimiento ayudan a que el corazón del monje se transforme en tierra fértil donde germina y fructifica la Palabra de Dios. El resultado es una permanente memoria de Dios en el amor de Cristo, que va conduciendo al monje a un estado de oración continua. El monje aprende así a esconderse en las entrañas de Cristo y ser en la Iglesia como el corazón: invisible, pero un manantial activo de gracias, de vida espiritual, para todos los hombres.

 

De esta manera, el monasterio se hace un signo de la presencia de Dios entre los hombres y un testimonio contra cualquier cultura humana centrada en los dioses falsos de consumismo, de placer, de poder o de libertad sin rumbo. Al contrario, la vida trapense expresa y señala la vocación más profunda, el sentido último de la existencia humana, que es llegar a la comunión de amor con Dios Padre, a la que nos invita Jesucristo: ser hijos de Dios Padre en Jesús, el Hijo único. Dicha comunión, anticipada en el tiempo, palpada por los monjes y por los que se acercan al monasterio, será perfecta en la vida eterna.

 

 

 


 

 

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