Los trapenses tienen fama de ser personas silenciosas. De algún modo esta impresión, que tiene un cierto fundamento en la realidad, ha llevado a la idea de que los trapenses hagan un voto de silencio, cosa que no es verdad. En el monasterio hay tres motivos para hablar:

• la comunicación funcional en el trabajo o durante los diálogos
  comunitarios;

• el intercambio espiritual sobre la vida personal con los superiores
  o con un hermano acompañante;
• la conversación informal en ocasiones especiales.

 

Se integran estas tres razones para hablar, dentro de la disciplina de mantener un ambiente general de silencio, el cual constituye una ayuda muy importante para la oración continua.

 

El silencio, sin embargo, se considera implícitamente incluido en una de las promesas hechas por el monje en el momento de su profesión

 

monástica, a los seis o siete años después de entrar en el monasterio. Se promete la "conversión", es decir, fidelidad a la vida monástica, de la cual una parte es la disciplina de mantener un ambiente de silencio, que exige controlar la lengua.

 

Pronto se descubre que el hablar no es siempre la forma mejor de comunicación. De hecho, la comunicación interpersonal, que es absolutamente necesaria para el desarrollo de la persona humana y para su crecimiento en la gracia de Cristo, se puede realizar mejor muchas veces cuando no es verbal. Los gestos y la disposición interior del corazón hablan con más fuerza que la boca. La experiencia enseña que se utiliza el hablar con frecuencia no para comunicarnos sino como encubrimiento personal. Una sencilla actitud amistosa, silenciosa y orante comunica algo que va mucho más allá de las palabras, como los huéspedes y visitantes a un monasterio pueden fácilmente comprobar.

 

 

 


 

 

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